QUE DIOS LO AMPARE
El joven Guillén permanece estoico ante los gritos que un romano mal encarado le lanza. Luego siguen los improperios, luego seguirá el juicio y al final del día, el via crucis. Que dios lo ampare.
Son apenas las once de la mañana y ya los curiosos y los devotos hacen fila para mirarlo, aunque sea por sólo unos segundos. Ésta es la representación 164 de la Pasión de Cristo de Iztapalapa, aquella por la que 3 millones de personas son capaces de congregarse. Por ello doña Carmen, de 47 años de edad, se levantó muy temprano y viene desde Ecatepec para que toda su familia presencie al Cristo. “Aunque sea solo un actor, le debemos de tener respeto pues ha sido un elegido y se ha preparado mucho para esto; cada año vengo y me gusta pues así se conservan las tradiciones.”
Pero al Cristo de este año no le importan los fans en este momento o al menos muy bien aparenta. Los niños se acercan a tomarle fotos. Al ritmo del “por favor aváncele, aváncele” los visitantes caminan uno tras otro, con el mismo fervor y con la misma rapidez de quien mira a la Virgen de Guadalupe en la Basílica en pleno día de las Lupitas. De pronto, un niño es empujado por su mamá. El rostro del pequeño hace un puchero, quiere llorar. “Dile que no esté triste, es diosito, míralo”. El niño no entiende y de inmediato la madre, un tanto decepcionada del escepticismo de su hijo, lo jala para “avanzarle” antes de que el señor del altavoz se lo pida.
Así, cual jaula de zoológico, el sujeto dentro de la “celda” es visitado y observado por varios cientos de ojos. Es entonces cuando la voces cambian su monótona cantaleta por una que lo es más: “por favor, sólo prensa, ya no van a entrar, por favor, déjenos hacer nuestro trabajo”.
Emmanuel no sonríe ni un solo instante. El tomar este papel ha significado mucho en su vida pues desde pequeño siempre quiso hacerlo. El trabajo es agotador sin duda y más lo es el maquillaje que incluye una peluca de cabello natural de casi 5000 pesos, pestañas rizadas cubiertas de rimel, atuendo de manta, herida falsa en la mejilla izquierda y las noches de desvelo que implicaron los ensayos, pero sobre todo, las que el nerviosismo te puede quitar.
Por fin sale Jesús para ser llevado ante Poncio Pilato. Aún no empieza el vía crucis pero ya empezaron los empujones. Condenado sin juicio, a Guillén lo golpean sus verdugos. En realidad no se da cuenta que quien origina tantos golpes son las personas alrededor que tratan de ver y tocar al cristo. Un romano tiene una lanza para controlar a la gente y evitar que se acerque. Pero los iztalapeños ya se las saben y son más intrépidos. Un joven pasa por debajo y corre al centro.
Inmediatamente es sacado por otro romano más fornido y con más carácter.
Para el juicio se ha reservado una explanada ya acondicionada. Aún faltan más de tres horas para que termine La Pasión… pero ya algunos han sentido el rigor del sol y de unos huaraches mal puestos. Los primeros auxilios llegan justo cuando Pilato dice no encontrar ningúna culpa en el pobre Jesús chilango. Dos niños que ayudan en la representación vestidos con túnicas rojas y cascos con cepillos de escoba son auxiliados pues no pueden dar ni un paso más: las ampollas de sus pies están a punto de reventar.
Nada es placentero en una celebración así. Lo más cercano a ello son las bolsas de plástico llenas de agua que gente de la delegación regala a los parientes y gente alrededor de los actores y que en el cenit de un día tan caluroso saben a gloria.
Incluso no es del agrado de nadie ver las actuaciones un poco burdas de los verdugos dándole latigazos al nazareno amarrado al tronco. Con suaves hierbas manchadas de pintura, golpean la espalda del desgraciado. Mágicamente ésta se mancha y un niño lo mira con asombro: “mami, ¿es sangre?” señala detrás de las rejas. La madre bajo la sombrilla floreada contesta que no, que sólo es pintura.
Pero esto no impide que muchas personas crean en las actuaciones y sobre todo, en una tradición defeña de más de siglo y medio. Hoy hay ley seca y tampoco esto impide que muchas familias miren desde sus azoteas al cristo con cerveza o cuba en mano. Hoy no se permite el comercio en ciertas áreas de la calzada Ermita pero esto tampoco impide que los ambulantes vendan desde coloridos jarritos hasta los clásicos algodones de azúcar pasando por las pizzas “hawallanas” (sic).
Con la emoción al límite luego de haber librado una batalla que implica caminar entre caballos en plena selva de asfalto, soportar los olores y colores turbios de los presentes y mirar a los ultraderechistas con letreros antiaborto, cualquiera ya se avienta a subir al Cerro de la Estrella. ¡Pero valla sorpresa! Los romanos han cambiado la pechera dorada por macizos chalecos antibalas y cascos posmodernos. No quieren dejar pasar a la gente y el pueblo se levanta. Caen al menos dos o tres botellas de vidrio sobre sus cabezas; los líquidos contenidos en ellas son de dudosa procedencia o al menos más dudosa que el agua de una de las playas de Marcelo. Un granadero entonces empuja con más fuerza y rápidamente cierran el paso a la crucifixión de Emmanuel “Jesús” Guillén.
En ese momento los vendedores y las casa acondicionadas hacen su agosto y empiezan a ofrecer aguas frescas, tortas y comida corrida. Ya la gente no tiene mucho que ver y se decide por caminar hacia el metro no sin antes disfrutar de los juegos mecánicos y alguna otra curiosidad digna de feria de pueblo. Los más obstinados esperan a que Cristo regrese. Y regresa.
Regresa convertido en un gran bulto blanco. El ángel de cabello decolorado que siempre le siguió continúa a su lado. María está ya hecha un harapo y lo mismo la peluca gris de su marido José. Ya todos tienen la piel tostada por el sol y la mirada cansada. Cristo ha muerto y es llevado por varios en su espalda. Un numeroso séquito sigue detrás.
Pero para don Inocencio no todo ha terminado. “ahora vienen mis compadres, nos vamos a reunir para comer y tomar unos tragos”. El puente de esta Semana Santa continúa para júbilo de chicos y grandes. “Mañana vamos a sacar la alberca inflable” dice orgullosa Patricia, oriunda de San Lorenzo. Hoy Cristo ha muerto pero resucitará en sábado de gloria para después, por medio de unos arneses angelicales, subir al cielo y aparecer, dentro de 364 días, en el Cerro de la Estrella de Iztapalapa.





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