EL DRAGÓN NO ES COMO LO PINTAN
La noche ha caído. Entre sombras, tres dragones emergen. Tendidos en el piso, sus grandes cabezas dejan ver unos ojos voraces. Sin embargo, más voraces son las miradas que los observan: decenas de personas se arremolinan al verlos. Un tambor vibra y al mismo tiempo varios pares de ojos rasgados se cierran: es un saludo a todos los presentes.
Son casi las nueves de la noche y las primeras percusiones invitan a más gente a presenciar el acto. Hoy es la segunda luna nueva después del solsticio de invierno; esta fecha lunisolar marca el inicio de año nuevo chino. Dos semanas de festejos se llevarán a cabo a partir de hoy. En la República Popular de China esto implicaría paro de labores; la comunidad china en México sólo hoy se da la oportunidad de celebrar.
Liu tiene sólo cinco años. Su piel morena contrasta con su camiseta roja. Su madre es china y su padre mexicano. “Zhu” es la palabra en mandarín impresa en su camiseta, pero sólo él y sus familiares lo saben. El caracter simboliza la palabra “cerdo”. Este año chino le pertenece a tan peculiar animal.
Liu toma una máscara especialmente diseñada para él. Junto con su primo , dos años y veinte centímetros más alto que él corren al centro del círculo. Los niños empiezan a bailar al compás de los tambores y platillos. Todos miran con gran entusiasmo sus movimientos. Un joven se acerca a tomar fotografías. De un momento a otro se ven más de diez celulares y cámaras digitales en los brazos levantados de quienes no están en primera fila. El papá de Liu le indica los movimientos: “Levanta las piernas más”, “patada al frente” “corre en círculos”. Después de unos minutos el pequeño le da la máscara a su primo; es su turno para bailar. Muchas de las mujeres dejan escapar palabras que enternecen a los demás, “¡Ay! ¡Qué ternurita!”, dice una de ellas. La madre de Liu se enorgullece.
Un saludo marca el final del baile infantil. Los dragones ya bostezan de aburrimiento tendidos en el asfalto. Un agente de tránsito ya empieza a desviar a algunos automóviles. Son ya dos carriles de Avenida Revolución los que se han cerrado. El gran tambor comienza a escucharse de nuevo. Ahora sí, es el turno de aquellos seres míticos.
Dos hombres sumergen medio cuerpo en las entrañas de satín y lentejuela de cada uno de los long (dragón en mandarín). Algunas chaquiras ya cayeron al piso. Un dragón verde empieza a levantarse; uno rojo se estira; uno azul saluda a la multitud. Los cuerpos de los animales están diseñados para que los ojos tengan vida. Una niña quiere tomar una foto de la cabeza de uno de ellos. Se encuentra con unos párpados que le coquetean en movimientos rápidos. Sonríe.
La velocidad de las percusiones aumenta así como el grado de dificultad de los pasos de danza. Un danzante trepa a los hombros de su compañero. En ese momento el disfraz se levanta y muestra a una criatura de dos metros y medio de altura. La gente aplaude la hazaña. El dragón azul no se queda atrás. Una pirueta rápida es ejecutada por los hombres que le prestan hoy vida. La multitud responde con una ovación.
Una lechuga y un amuleto cuelgan a la entrada del establecimiento. “Fortune House” vende todo tipo de artesanías y curiosidades chinas. La entrada de los dragones significa la entrada de la buena suerte. Uno de ellos entra atropelladamente en la tienda. Después de unos segundos se lanza por el trozo de lechuga y el amuleto colgado al lado. En un abrir y cerrar de ojos restos de la lechuga son devueltos por el goloso animal de satín. La gente ríe ante tal glotonería; todos aplauden.
El baile está por finalizar y una lluvia de dulces cae sobre los curiosos. Una jovencita reparte mandarinas, símbolo de la buena fortuna. Cual posada decembrina, los niños se amontonan en el piso para recoger los caramelos. Todos ríen pero muchos susurran “¿y qué significa el dragón?” “¡Qué chistosos se ven sus ojitos!”. El baile termina pero sólo para esta tienda. Le siguen tres más: un café y un restaurante. Los dragones realizan una procesión para bailar en cada uno de los comercios. Pero los animales están ya exhaustos y la mayoría de los presentes también. Ha pasado más de una hora del inicio de la danza. El restaurante de al lado empieza su propio festejo. El dueño del restaurante Kowloon sale a dar la bienvenida a sus comensales. Reparte dulces y presume una gran bolsa de fuegos artificiales. Los danzantes de este restaurante son más intrépidos. Chispas de colores salen de los fuegos artificiales. Al ver nuevas suertes, algunas personas abandonan la anterior procesión para ver a los otros dragones. No es para menos, ya habían visto los mismos pasos tres veces.
Entre estos establecimientos es común la competencia. El primero de todos fue el café Shanghai. Pero hasta en las mejores familias hay problemas y ésta no fue la excepción por lo que se separaron para abrir un nuevo negocio. Valió la pena. El segundo restaurante, el Kowloon, ha tenido tanto éxito como el primero aún estando junto al otro. Pero no todo es color de rosa y las diferencias familiares se bifurcaron en otros comercios. En este pequeño China Town de Revolución todos conviven en armonía, pero los rencores pasados no se olvidan.
Es por ello que en los festejos cada uno muestra los mejores disfraces a su alcance así cómo los mejores danzantes. Ya sea contratados o improvisados por meseros, quienes dan vida a los dragones tienen que competir y mostrar quién es el mejor. Es difícil decir quién lo ha sido pues cuando las luces y chiflidos de los juegos parecen no haber sido superadas, un gran dragón sale a la calle. Seis personas sujetan al monstruo y lo hacen pulular entre los presentes.
Las mandarinas y dulces se han acabado; los tambores ya son sólo un eco en los oídos de la gente; los dragones dejan ver su verdadera identidad. Para muchos, la jornada ha resultado exótica y novedosa. Muchos se retiran a sus hogares algunos aún con dudas sobre todo el ritual. “¡Qué bonitos están los dragones!” dicen unos niños. Sin embargo, el león no es como lo pintan. Ya todos se han ido pero muchos nunca se enteraron de que aquellos dragones de colores en realidad estaban ejecutando la “danza del león”, tradición china para los comercios





Chida la crónica. No me sabía que se estaba haciendo la danza del león